| LA CRUZ DE AREVALO |
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| Escrito por luis aguilar |
| Lunes, 15 de Febrero de 2010 19:50 |
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Victor Raul Huaman, Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla : Víctor Raúl Haya de la Torre, caminaba descalzo una tarde de verano por las playas de Huanchaco de la Ciudad de Trujillo. Iba a su lado “el mocho” César Aranguren y Hermes Cáceda. De pronto el Jefe dijo: “¡Manuel Arévalo!” Era el nombre del obrero que muchos años atrás había nombrado su sucesor y heredero político si algún día él moría. Era 1970 y sentían el calor de la arena ingresando por sus pies, fue cuando Víctor Raúl decidió contarles una historia que el mismo “no podía explicar”.
Empezó a recordar aquella noche de junio de 1937. Cuatro meses antes, el 15 de febrero, la policía política había asesinado al que pudo ser su sucesor, el c. Manuel Arévalo Cáceres, a quien aplicaron “la ley de fuga”. Ésta consistía en trasladar a un detenido de una ciudad a otra y durante el trayecto debían pedirle que corra, para luego dispararle a mansalva por la espalda y justificar en la manifestación policial que “había intentado fugarse, por lo que tuvieron que hacer uso de sus armas”. Quienes estuvieron presos con Manuel antes de su fatídico día, cuentan que lo habían torturado en los calabozos de Trujillo colocando sus dedos de manos y pies en las bisagras de las puertas de hierro para luego cerrarlas con violencia, luego lo colgaron de una soga sujetada al techo y le golpearon la espalda con palos envuelto con trapo mojado. Pero no fue suficiente. En las noches lo llevaban a la playa de Buenos Aires y lo retornaban a su celda inconciente. Su esposa, Edelmira Huamán fue impedida de verlo durante su detención. El único que habló con él antes de su muerte fue su hijo mayor Víctor Manuel, que en ese momento tenía seis años. Cuando el niño salió se abrasó de su madre y la inocente criatura solo balbuceó: “Mamá, dice que lo van a matar”. Víctor Raúl se enteró de su muerte en uno de sus refugios y cuenta Jorge Idiáquez que ese día lloró inconsolablemente como un niño. Apenas había pasado cuatro meses de aquel asesinato cruel y Víctor Raúl, desde uno de sus refugios lo recordaba, mientras su guardia personal dormía. Era de noche y sólo Jorge Idiáquez se encontraba despierto. Lo cuidaba observándolo recostado desde un árbol y atento a cualquier acecho de la policía política que tenía la orden de matar a Víctor Raúl donde lo encuentren. El Jefe, aprovechaba ese raro silencio nocturno de la clandestinidad para escribir sus cartas que enviaba a publicaciones extranjeras, mencionando las atrocidades y crímenes de la dictadura del entonces Presidente del Perú, a quien se conocía como “El Tuerto” Benavides. Había demasiado silencio aquella noche y Haya de la Torre lo notó cuando escuchó el santo y seña que venía desde la calle. Cambió la pluma por su arma y se acercó sigilosamente a la ventana, corrió la cortina vieja para ver quien estaba avisando su llegada. Solo alcanzó a ver un resplandor que fue creciendo hasta llegar a iluminar toda la entrada. Del medio de esa luz apareció la figura de Manuel Arévalo que lo llamaba hacia afuera. No pensó en otra cosa que abrir la puerta y salir a abrazar al amigo. Víctor Raúl lloraba con él al ver sus heridas y le dijo: “Qué haces aquí Manuel, si te han torturado y te han muerto”. Manuel Arévalo le respondió: “Queda muy poco tiempo Víctor. He venido a decirte que en estos momentos vienen por ti. Dile a los que te acompañan que se vayan y tú quédate en la puerta de entrada, pues no te van ver”. Haya quiso seguir a su lado pero Manuel Arévalo no se lo permitió y le repitió: “Queda muy poco tiempo Víctor”. Entonces Víctor Raúl ágilmente entró a la casa y despertó a la seguridad, los hizo irse por atrás y a Jorge Idiáquez le dijo el lugar donde debía esperarlo con el vehículo a unos kilómetros de allí. Todos cumplieron la orden de manera apresurada y Víctor Raúl se quedó solo en la casa. De pronto tomó conciencia de lo que había hecho al ponerse a órdenes de alguien que estaba muerto y que quizás todo había sido la broma cruel de un sueño. Entonces salió a la puerta de entrada nuevamente. Ahora había muchas luces, eran los reflectores de tres carros con los faros encendidos que rodeaban la casa para allanarla. Cuando la policía política ingresó, Víctor Raúl estaba inmóvil y resignado a su captura. Sin resistencia a su detención, escuchó decir a los soplones: “aquí no vive nadie” y “fue un dato falso”. Luego subieron a sus vehículos y se fueron. Víctor Raúl estaba parado frente a ellos, en la puerta de entrada, exactamente donde Manuel Arévalo le había dicho que nadie lo vería. Caminó lo suficiente para encontrarse con Jorge Idiáquez donde habían acordado verse. Subió al coche sudando frío y solo ordenó que aceleraran. Aturdido, recostó la cabeza sobre el respaldar de su asiento y pensó “nadie me lo va a creer y quizás digan que estoy loco”. En ese preciso instante escuchó nuevamente la voz inconfundible de Manuel Arévalo: “Víctor, estaciona el auto a tu derecha”. Víctor Raúl ordenó casi gritando detener el vehículo y estacionarse a la derecha sin poder controlar el temblor de sus labios y el sudor frió que le empezó a inundar todo el cuerpo. No podía resistirlo más, debía de contarlo. Entonces le preguntó a Jorge Idiáquez: “Jorge ¿has escuchado esa voz?”. Él le contestó que no había escuchado nada. El Jefe volteó y a los que iban detrás del carro les hizo la misma pregunta. Un reverencial silencio fue la respuesta de que algo anormal estaba pasando en su persona. Estaba pálido, la respiración se le agitaba y reflejaba un temor mal disimulado. Entonces les gritó a todos: “¡Manuel Arévalo me está hablando! ¿No lo escuchan!” El leal Jorge Idiáquez apagó el motor y las luces del coche y dijo que era el momento de aprovechar en dar una siesta. Todos guardaron silencio en medio de esa carretera solitaria e inhóspita, mientras el ambiente se cargaba de un aire piadoso y místico. En ese preciso momento pasó veloz un auto con integrantes de la policía política, quienes al minuto se enfrascaron en una tremenda balacera con otro auto que venía en sentido contrario. Se habían matado entre ellos al encontrarse frontalmente. Ambos pensaron estar frente al vehículo que transportaba a Víctor Raúl Haya de la Torre. Muchos años después Víctor Raúl fue visitado por los dos policías que recibieron la orden de asesinar a Manuel Arévalo. Le dijeron el lugar exacto donde lo mataron y que al caer herido de muerte, con una de sus manos logró escribir sobre la tierra la palabra APRA y luego murió. Fue un 15 de febrero de 1937. Ubicado a la altura del kilómetro 220 de la Panamericana Norte, entre el pueblo de Pativilca y Huarmey, ese lugar es visitado todos los años y donde hay construida una gran cruz, lugar conocido también como “La Cruz de Arévalo”.
LA CRUZ DE AREVALO Libro: Aquí Yace la Luz. Autor: Victor Raul Huaman. Ediciones Populares ARIEL. |
| Última actualización el Lunes, 15 de Febrero de 2010 19:53 |




















